martes, 31 de marzo de 2009

Darwin, un duro golpe para el antropocentrismo

Por Pedro Fernández Pérez

Darwin fue el primero en plantear, desde un punto de vista científico, que el hombre es parte de la naturaleza y que a pesar de las particularidades que lo hacen único, no es más que una entre millones de especies únicas. Somos poco originales. Sólo destacamos por el bipedismo y el alto grado de encefalización. Aunque Darwin demostró la falsedad del pensamiento antropocéntrico, la idea continúa en el subconsciente de nuestra sociedad. Basta ver cualquier libro sobre evolución para verla reflejada: los primeros capítulos corresponden a los organismos unicelulares y el último al ser humano.

Teniendo en cuenta que el objetivo de la evolución es la supervivencia, la única superioridad constatable es la de las especies que perduran sobre las que se extinguen. El darwinismo no sólo elimina la guía de una mano divina organizando todo, sino que elimina la noción del ser humano como ente único y especial en el contexto del universo. Somos una especie única, pero también lo es la lombriz. Los científicos lamentan que la teoría suele enseñarse mal en las escuelas; por ejemplo, se enseña que las jirafas tienen el cuello alto porque sus ancestros tenían el cuello bajo, pero como las hojas tiernas de los árboles estaban altas estiraron sus cuellos para alcanzarlas y ese estiramiento se fue transmitiendo a la descendencia. Eso es una fantasía “lamarckiana”, basada en la necesidad que tiene el ser humano de explicar lo que le rodea a base de su propio antropocentrismo.

La idea darwinista despertó fuertes polémicas. La más famosa de ellas, en Oxford(1860), enfrentó partidarios y detractores de la teoría en un debate donde argumentos científicos se cruzaron con los teológicos o el agravio a secas.

En resumen, la teoría de Darwin originó la idea de un universo gobernado por leyes naturales, sin necesidad de un Dios; y contribuyó de manera especial a superar el antropocentrismo.

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